lunes, 26 de enero de 2015

NO ES PAIS PARA JÓVENES



En estos momentos parece indiscutible que vivimos en un país que ofrece escasos atractivos y, sobre todo, muy limitadas expectativas de futuro a nuestra población más joven. El paro sigue siendo el problema más preocupante de todos los que se presentan a la sociedad española, pero el mismo se desborda hasta límites insospechados cuando atendemos a las cifras de desempleo juvenil, más aún si las referimos a territorios como Andalucía donde el problema ya se observa como inasumible. 

Más aún, posiblemente las estadísticas reflejan de modo algo edulcorada la completa realidad: en dichos datos no se recoge el alto número de aquellos que en forma de goteo paulatino pero continuado contra su voluntad se están marchando a buscar oportunidades reales fuera de nuestras fronteras, con el dato decisivo de que son los mejor preparados y con mayor capacidad de iniciativa; no se recogen aquellos que permanecen en el “circuito” formativo exclusivamente por no caer en la pasividad y dejadez, pero que a estas alturas poseen una contrastada especialización y se encuentran sobrados de conocimientos para incorporarse de manera inmediata al mercado de trabajo apenas que se les ofrezca una oportunidad; sin olvidar tampoco a aquellos otros que, no teniendo expectativas de encontrar trabajo en el corto plazo, se recluyen en las casas paternas, sin ni siquiera molestarse en inscribirse en los registros oficiales de búsqueda de empleo, de modo que a tales efectos no cuentan y permiten hacer la vista gorda de la cruda realidad.

A partir de ello, lo peor es que se suelen hacer diagnósticos de elevada simplicidad, con frases que se pretenden grandilocuentes, pero que significan poco: se declara que nos enfrentamos a una generación perdida, cuando siguen con la esperanza de que se le ofrezcan las mismas oportunidades de las generaciones que les preceden; se afirma que han fracasado las políticas activas de empleo, como si éstas fuesen responsables del conjunto de las carencias del mercado de trabajo y como si éstas fuesen capaces de crear por sí mismas el empleo que no logra impulsar una actividad económica que no despega con suficiencia; se propone que hay que incentivar a los jóvenes a que busquen activamente empleo, como si éste se encontrarse escondido debajo de las piedras; se habla de que tenemos un problema de paro juvenil como si las carencias estuvieran en ese frente, en las aptitudes o actitudes de los jóvenes, como si fuera algo de su responsabilidad y no algo endémico de todo el mercado de trabajo.

En sentido estricto no existe un problema específico de desempleo juvenil sino de desempleo a secas, lo que obliga a tener presente el mercado de trabajo en su globalidad, siendo en estos momentos escasamente influyentes las peculiaridades del trabajo de los jóvenes. Lo que ha sucedido es tan simple como que en épocas de crisis se opta por conservar los puestos ya existentes, con bloqueo de nuevos ingresos y, por ende, aumentando más y más la bolsa de los jóvenes que hasta el presente no han logrado trabajar nunca.

La única singularidad de los jóvenes se encuentra en su ausencia de experiencia laboral, que provoca un lógico retraimiento de las empresas a su contratación por la incertidumbre de los resultados y su presumible inferior productividad inicial. En algunos casos, a resultas del fenómeno extendido del abandono escolar temprano, también se aprecian carencias formativas, incluso para el desempeño de trabajo de baja cualificación. Lo uno y lo otro justifica un tratamiento particular desde el punto de vista laboral del primer acceso al empleo de la población juvenil, para lo que pueden resultar de utilidad los mecanismos de formación profesional dual, así como los contratos de trabajo formativos. En todo caso, ello ha tenido escasos resultados y, sobre todo, no constituye ahora el factor principal de corrección a los desequilibrios en el paro de los jóvenes. 

Al final, como si todo ello fuera derivado de que los jóvenes no tienen mucho que ofrecer, no se nos ocurre otra idea más feliz que la de proponer incrementar ‘ad infinitum’ las oportunidades de becas, cuando a estas alturas a la mayoría de ellos lo que les sobra ya es formación. O bien la única idea original que aparece es la de proponer salarios más bajos para ellos o peores expectativas de estabilidad en el empleo, pues así se piensa que se incentivará su contratación, cuando el problema es que las empresas no tienen capacidad de crecer con más fuerza y la economía de reconstruir un tejido industrial diezmado. Por esa vía poco vamos a lograr, por cuanto que se trata de un terreno ya bien trillado y del que la experiencia muestra que poca siembra se obtiene. Definitivamente, si no somos capaces de  encarar los problemas con más ambición difícilmente podremos conseguir que éste vuelva a ser un país para los jóvenes. 


PUBLICADO EN EL DIARIO DE SEVILLA EL 25 DE ENERO DE 2015


No hay comentarios: